
Una minusvalía no viene determinada por la limitación física y/o psíquica del sujeto que la padece, sino fundamentalmente por el entorno social de pertenencia que va a ser quien determine la limitación social del sujeto y los roles básicos que puede cumplir en esa sociedad. Un estereotipo se construye sobre la generalización de los atributos que se entienden describen a un grupo y, por extensión, a todos sus miembros, a partir de un proceso de evaluación de las características (físicas, de personalidad, rol social...) que asemejan y diferencian a unas personas de otras. Se trata de creencias que comparten un número elevado de personas sobre los rasgos que, según ellos, mejor describen a los miembros de un grupo. Suponen generalizaciones excesivas, injustas, irracionales y erróneas, que son transmitidas socialmente para perpetuar el orden social establecido.
El prejuicio está asociado a los estereotipos desfavorables y se define como un sentimiento negativo que implica conductas agresivas o de evitación hacia el grupo. Sirviendo de justificación de las acciones respecto a ese exogrupo y la diferenciación positiva de su endogrupo, llevando a la discriminación del exogrupo (ellos) y a una explicación de causalidad restringida a factores rígidos. Posee una indudable carga cultural y afectiva.
Esta asociación entre el grupo minoritario y la evaluación negativa se produce a edades muy tempranas, incorporándose de manera acrítica a la experiencia subjetiva de la persona. Este hecho es una de las causas principales de la dificultad de eliminar los estereotipos y el prejuicio, pues se trata de procesos automáticos y muchas veces inconscientes, basados en un aprendizaje muy intenso y surgido desde una edad muy temprana.
Estas actitudes sociales negativas suponen un obstáculo para la integración de las personas que padecen una minusvalía en los diversos ambientes y para el desempeño de algunos roles sociales normalizados. A la vez, que influyen sobre el propio minusválido. El primer efecto psicológico es que las personas acaban asumiendo la visión negativa que de ellos tiene el entorno, lo que afecta al desarrollo del autoconcepto y la autoestima, teniendo que luchar continuamente contra esos estereotipos para romperlos y conseguir una imagen social positiva.
Al hablar de imagen social, por tanto, hay que hacerlo en una doble dirección, tanto de la imagen que la sociedad tiene de los minusválidos, como de la imagen que ellos tienen de sí mismos. Porque ambas están estrechamente relacionadas, pudiendo llegar a ser dependientes. Lo que señala la importancia que tiene para la propia personalidad del minusválido la imagen de la minusvalía que la sociedad, de forma genérica, y las personas que le rodean, de forma particular, proyectan sobre él. Influyendo también sobre las actitudes y comportamientos de los profesionales que van a intervenir en torno a la minusvalía.
La imagen de la sociedad está ligada al contexto sociocultural. En una primera etapa se conceptualizaba bajo la dependencia y el sometimiento, llevando a una situación de abandono. El surgimiento de las medidas rehabilitadoras supuso una mejora en la calidad de vida pero desembocó en la creación de un mundo exclusivo. En la actualidad, el paradigma de autonomía funcional persigue la supresión de las barreras físicas y sociales, considerando que el problema no es del individuo con minusvalía sino del entorno. Sin duda, la imagen de la minusvalía ha ido mejorando, pero todavía se margina y se menosprecia a este colectivo.
Ésta es una sociedad donde prima lo novedoso, lo joven, la belleza, la rapidez, la productividad, el consumo... factores que potencian una imagen negativa de la minusvalía, por contraposición a los factores de éxito. Considerándolos como personas pasivas, inútiles, capaces de ejercer responsabilidades, sin habilidades de relación, con problemas de adquisición de habilidades cognitivas... Pero, a su vez, la sociedad potencia los valores de tolerancia, igualdad, respeto, diversidad... planteando una situación de disonancia que se resuelve normalmente con la evitación.
No está bien visto mostrarse públicamente como sujeto que discrimina, lo que lleva a una situación de discriminación sutil: aceptación, pero en otro contexto que no sea el propio (tienen derecho a la educación, pero no en el colegio al que asisten nuestros hijos; tienen derecho a trabajar, pero no en nuestra empresa; tienen derecho a constituir su propia familia, pero no con las personas cercanas a nosotros, ...) En definitiva, toleramos pero no insertamos.
La imagen social de la minusvalía no es, por tanto, un concepto neutro, ni simple, sino un elemento clave que determina, a nivel político e individual, las expectativas para un colectivo de individuos. Esta imagen lleva a percibirlos como raros, y con ello a la marginación, por ser distintos. A su vez, las personas que tienen una minusvalía se pueden sentir inferiores por su diferencia. Lo que ocasiona una situación de no relación, por miedo en el caso de válidos a no saber relacionarse con ellos ni con sus familias; y también con miedo, e incluso vergüenza, en el grupo de los minusválidos. Es una situación compartida por muchos individuos originada por desconocimiento y por la falta de práctica social. ¿Cómo se dirige a su amiga que acaba de tener un hijo con síndrome de Down?, ¿qué le dice a su vecino cuando su hijo, a causa de un accidente, se ha quedado paralítico?
Desde fuera la minusvalía se considera un hecho forzosamente dramático, lleno de esfuerzo y de desesperanza, sin recompensa. Ello se debe a que son valorados desde el punto de vista biológico, llevando por delante el diagnóstico, el informe médico, y siendo descritos como un cúmulo de síntomas. Prueba de esto son las noticias que aparecen en los diarios sobre las minusvalías, centradas fundamentalmente en los aspectos médicos y curativos de las mismas. Es necesario romper con este determinismo biológico que marca las potencialidades de un individuo y lo encasilla en un puesto inferior a nivel social. El diagnóstico debe servir para facilitar y favorecer al máximo las potencialidades del individuo, pero no para marcar un límite ni para renunciar a sus posibilidades, exclusivamente debe dirigir la elección de las herramientas necesarias para construir su desarrollo.
Es una tarea difícil y amplia, ya que abarca a la sociedad y al individuo. A la sociedad en sentido amplio y empezando por la propia familia que puede reducir sus posibilidades de desarrollo. Y al minusválido porque no por tener un informe médico ya tiene limitadas todas sus capacidades. Lo que implica tratarle como una persona que es, y no como un caso clínico, para que se comporte y se sienta como tal, apoyando su desarrollo como totalidad, en individualidad y colectividad.
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